A medida que la inteligencia artificial avanza, se agolpan las preguntas sobre qué impacto va a tener en el trabajo y en la sociedad. Muchos creen que reemplazará a los humanos como fuerza laboral y que acabaremos dominados por ella. Pero mucho del actual debate parece ser de un optimismo naíf. Nos dicen que cambiará todo para mejor. Pero cuando se rebate esa tesis, la respuesta generalizada es que el ser humano siempre se ha beneficiado de los nuevos descubrimientos, ¿por qué iba a ser ahora diferente? Sin embargo, ese argumento es falso. Las innovaciones siempre han generado conflictos en el pasado porque el control quedaba siempre en manos de las élites. La innovación no siempre favorecía al conjunto de la población. Si bien hoy disfrutamos de mayor prosperidad, se tiende a pensar que el camino ha sido recto. Ignoramos las dificultades para lograrlo. Por ejemplo, en el medioevo, los molinos de viento fue una tecnología revolucionaria que cambió la agricultura. Sin embargo, las condi...
Durante miles de años ser mayor era sinónimo de pobreza y fragilidad. Acercarse a los sesenta años suponía una salud y un físico precario que hacía imposible seguir siendo productivo. Los trabajos eran fundamentalmente en el campo o en la manufactura y al fallarles la vista o las articulaciones a los mayores se les apartaba por joven mano de obra, salvo honrosas excepciones en los gremios de oficios. Al mismo tiempo sin haberse inventado todavía los sistemas de pensiones, la vida de las personas mayores sin ingresos –ni medios para lograrlos– estaban abocadas a depender de la ayuda de sus hijos o de la beneficencia. No es hasta hace unas pocas décadas cuando se universalizan los sistemas de pensiones y, más recientemente, la desaparición de empleos penosos que exigen fuerza física en condiciones insalubres. También en los últimos cincuenta años hemos vivido un proceso de alargamiento de la vida pasando de esperanzas de vida de unos sesenta años a superar los ochenta años. De igual mane...