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Los mitos de la vejez


Durante miles de años ser mayor era sinónimo de pobreza y fragilidad. Acercarse a los sesenta años suponía una salud y un físico precario que hacía imposible seguir siendo productivo. Los trabajos eran fundamentalmente en el campo o en la manufactura y al fallarles la vista o las articulaciones a los mayores se les apartaba por joven mano de obra, salvo honrosas excepciones en los gremios de oficios. Al mismo tiempo sin haberse inventado todavía los sistemas de pensiones, la vida de las personas mayores sin ingresos –ni medios para lograrlos– estaban abocadas a depender de la ayuda de sus hijos o de la beneficencia.

No es hasta hace unas pocas décadas cuando se universalizan los sistemas de pensiones y, más recientemente, la desaparición de empleos penosos que exigen fuerza física en condiciones insalubres. También en los últimos cincuenta años hemos vivido un proceso de alargamiento de la vida pasando de esperanzas de vida de unos sesenta años a superar los ochenta años. De igual manera la salud de los cada vez más numerosos segmentos de personas mayores ha mejorado sustancialmente. Se habla ya de una juvenescencia en contraposición con el envejecimiento o senescencia. Cada vez los mayores no solo parecen más jóvenes, sino que así lo demuestran sus exámenes médicos o cualquier evento deportivo en el que participan.

Pero en la mentalidad de las sociedades, estas cuestiones tan recientes suponen solo unos pocos años en una línea del tiempo de siglos y siglos. De modo y manera que la cultura predominante hacia los mayores está basada en un constructo que identifica a las personas de 55 años como inactivos, extractivos, anticuados y frágiles. Simple y llanamente porque quizás durante gran parte de la historia de la humanidad fue así. Pero ya no. Y es profundamente injusto que la mayoría de la sociedad les siga viendo así cuando la realidad de los datos lo desmiente.

Se ha instalado un mito o mentira social sobre la población mayor. El mantenimiento de esas falsedades no es solo una injusticia social en América Latina donde uno de cada tres habitantes ha superado los cincuenta y cinco años.

En primer lugar, no es cierto que los seniors son inactivos. A día de hoy hay más de 5 millones de seniors activos (55-70 años) frente apenas 4 millones de jóvenes (16-29 años). Si hablamos de mayores extractivos como se suele equivocadamente hacer, tendremos que decir que los datos lo refutan, ya que diversos estudios indican que financian con sus impuestos el 42,7% del gasto público siendo el 34% de la población. Por otro lado, la obsolescencia es otra de las aparentes verdades sobre el colectivo de mayores, en especial la tecnológica.

Pues bien, las estadísticas oficiales año tras año demuestran que no es así y una aplastante mayoría del 80% no padece brecha digital. Compran, se informan y socializan por internet. Por último, es habitual los términos paternalistas al hablar de este grupo de edad con el grimoso uso de la expresión "nuestros abuelos" que muestra la forma de verlos como un grupo frágil al que hay que ayudar. Sin embargo, los mayores suponen el 68% de todo el ahorro del país y los que más transferencias hacen a sus familias, conforme el análisis realizado por un centro de investigación económica. Son ellos los que cuidan y ayudan.

El alargamiento de la vida con salud y economía es una bendición soñada durante miles de generaciones. La conocida como silver economy resume el dividendo demográfico de una numerosa cohorte canosa. Una economía que puede ser pujante basada en el aumento de la oferta de mano de obra senior (solamente hoy hay más de un millón de seniors autónomos frente a apenas 200.000 jóvenes que trabajan por cuenta ajena). Pero también en la generación de una oferta de bienes y servicios a los seniors que supone el 39,3 % del consumo y el 37,8% de todo el IVA pagado. Sin duda esta oferta podría crecer con una industria para los mayores de turismo, ocio, tecnología, servicios financieros o residencial que todavía es incipiente porque las empresas y los gobiernos no se han dado cuenta de que los mayores de 2026 tienen poco o nada ver con los de toda la historia de la humanidad.

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