A medida que la inteligencia artificial avanza, se agolpan las preguntas sobre qué impacto va a tener en el trabajo y en la sociedad. Muchos creen que reemplazará a los humanos como fuerza laboral y que acabaremos dominados por ella. Pero mucho del actual debate parece ser de un optimismo naíf. Nos dicen que cambiará todo para mejor. Pero cuando se rebate esa tesis, la respuesta generalizada es que el ser humano siempre se ha beneficiado de los nuevos descubrimientos, ¿por qué iba a ser ahora diferente?
Sin embargo, ese argumento es falso. Las innovaciones siempre han generado conflictos en el pasado porque el control quedaba siempre en manos de las élites. La innovación no siempre favorecía al conjunto de la población. Si bien hoy disfrutamos de mayor prosperidad, se tiende a pensar que el camino ha sido recto. Ignoramos las dificultades para lograrlo.
Por ejemplo, en el medioevo, los molinos de viento fue una tecnología revolucionaria que cambió la agricultura. Sin embargo, las condiciones de vida de los campesinos apenas mejoraron. Los molinos estaban en manos de los terratenientes y la Iglesia, una élite que acaparaba las ganancias. Eran ellos los que decidían quién podía usarlos y eliminaron toda competencia.
Al comienzo de la Revolución Industrial, los salarios que se pagaban en las primeras fábricas eran extremadamente bajos, en Inglaterra los estándares de calidad de vida se desplomaron. Poco más tarde, cuando Estados Unidos se sumó a la industrialización, los resultados fueron distintos. Allí había escasez de trabajadores formados, imprescindibles para el mantenimiento y supervisión de una maquinaria muy compleja. Ante eso se impuso un enfoque diferente. Crearon máquinas que podían manejar trabajadores no cualificados. El resultado fue un gran aumento de la productividad, que llevó a una subida general de los salarios. Por lo tanto, sí es posible poner a las personas en el centro del progreso tecnológico. Sin embargo, hoy las estamos reduciendo a simples peones.
LA VISIÓN DOMINANTE EN SILICON VALLEY
La idea del generar 'valor para el accionista', es un ejemplo de esta visión que ha resultado tan exitosa como devastadora, y es la doctrina que se enseña desde hace décadas en las escuelas de dirección de empresas. Muchas empresas que siguen este enfoque reducen salarios y a cambio elevan los dividendos para los accionistas. Dentro de esta lógica, a los empleados se los ve como meros factores de coste y si bien casi todos los sectores productivos actúan así, en el sector tecnológico se añade la obsesión por la inteligencia artificial. Mantienen la aspiración de crear máquinas que se asemejen lo más posible a los seres humanos. Esta visión tiene su raíz en Alan Turing, el brillante matemático británico. Fue el autor del llamado 'test de Turing', que se ha convertido la vara que quieren superar todos los ingenieros que trabajan en la IA. En pocas palabras consiste en lograr que un ordenador consiga hacer creer a un humano que está hablando con otra persona y no con una máquina.
Al comienzo de la era digital, los pioneros de los ordenadores personales soñaban con una tecnología descentralizada que empoderara a los empleados. Querían maximizar la utilidad de las innovaciones para las personas y la sociedad. A este enfoque se lo conocía como utilidad de las máquinas. Pero luego empresas como IBM, Microsoft y Oracle se hicieron con el liderazgo y dieron enfoque. Convirtieron la tecnología en una herramienta de control para los empleadores. La usaron para automatizar muchas tareas sencillas de oficina, beneficiando sobre todo a los trabajadores mejor cualificados y directivos.
El problema radica que la opinión más extendida en Silicon Valley es que las personas somos máquinas imperfectas. Investigadores llevan años diciendo que los humanos son tan propensos al error que no habría que confiarles tareas importantes. La cosmovisión dominante es que las personas no son dignas de confianza, a excepción, claro, de un puñado de genios. Así que esos genios tienen que desarrollar tecnologías que compensen las carencias de las masas, controlando la actividad de los trabajadores o simplemente asumiendo sus tareas.
De todas formas, no todo el mundo en Silicon Valley piensa así, pero es una corriente muy fuerte. Si se premia con prestigio y empleos altamente lucrativos a los desarrolladores por crear programas que emulen las capacidades del ser humano, se anima a que cada vez más gente trabaje en ese tipo de tecnología.
Además, se suma un problema, que Google, Facebook y Microsoft no son muy amigas de la innovación; de hecho, han ido comprando a sus competidores uno a uno y los han desactivado. Usadas de la forma correcta, la tecnología y la innovación pueden traer enormes ventajas. Pero de esta manera, no.
Si convertimos a una gran parte de la población en irrelevante, nuestro futuro será distópico. Surgirá una sociedad completamente partida en dos.

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