Suele decirse que "Dato mata relato" pero vivimos amenazados por las noticias falsas y el cuestionamiento acientífico. ¿Entonces? Si bien las estadísticas no representan la Verdad, con mayúscula, y hasta pueden mentir, debemos admitir que ninguna estadística es perfecta, pero son nuestra única esperanza para entender cómo está cambiando el mundo en el que vivimos.
El Covid despertó el interés de la gente por las estadísticas, porque sin datos hubiese sido extremadamente difícil saber qué hacer, tanto a las administraciones públicas como al ciudadano de a pie. Hay que ser mucho más rigurosos a la hora de medir lo que realmente importa porque resulta frustrante no disponer de datos sobre un problema.
Es un problema cuando los gobiernos autoritarios utilizan los datos para sus fines particulares y no para el interés común, o las falsifican. Por ejemplo, un estudio demostró que varias autocracias están exagerando su crecimiento económico. Los verificadores tienen dos vías para comprobar esas cifras. Una es chequear las estadísticas de las operaciones comerciales en algún organismo supranacional y ver si coinciden con las que facilita ese país. Otra es observar a través de medidas indirectas. Por ejemplo, el consumo nocturno de luz generado por la actividad económica. Y, en última instancia, se comparan las estadísticas de las autocracias con las de las democracias. En definitiva, existen fórmulas para someter a escrutinio la manipulación de datos.
Es un problema el criterio por el que se rigen los medios de comunicación de que sea lo novedoso, en vez de lo importante, lo que marcan sus agendas y contenidos. La obsesión con la Última Hora y el flujo de noticias 24/7 impide ofrecer una perspectiva global de los hechos informativos al lector y, por lo tanto, dificulta su comprensión.
La audiencia de un medio de comunicación debería saber que lo que las noticias revelan del mundo es sólo una fracción muy pequeña. Una gran parte de lo que es importante en el mundo jamás aparece en las noticias, y el lector debe ser consciente de ello.
Por ejemplo, cada año mueren en el mundo casi seis millones de niños menores de 15 años, lo que significa que cada 24 horas pierden la vida 16.000 niños. Si 16.000 niños muriesen ayer en un accidente sería noticia de portada en todos los medios durante días. La realidad es que 16.000 niños fallecen cada día y eso nunca sale en ningún titular.
Los enemigos del futuro son la apatía del lector y el cinismo de los medios.

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