Las manifestaciones actuales de antiintelectualismo se inscriben en una larga tradición, lo que no debe ocultar el carácter singular de la situación presente, marcada por la transformación digital del espacio público y el surgimiento de autoridades culturales que compiten con la universidad y el conocimiento.
Si bien el término antiintelectual se acuñó después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos había mantenido siempre una fuerte hostilidad hacia los "cerebritos". Ese rechazo estaba arraigado en una cultura política, económica y religiosa que hacía del "intelectual" un opuesto al ferviente patriotismo y al puritanismo moral.
Hoy el antiintelectualismo está más vivo que nunca y recibe ataques constantes contra el trabajo intelectual de los académicos. La fuerte autoridad científica, adquirida desde el nacimiento de las ciencias sociales, hoy se encuentra cuestionada, en especial en el espacio público, en beneficio de otros mediadores culturales. Si bien la ciencia en su conjunto se ve amenazada, las ciencias sociales están particularmente expuestas a este descrédito.
ANTIINTELECTUALISMO DESDE SIEMPRE
En los discursos conservadores en general, y más allá de la retórica contemporánea, se repite un antiguo conflicto de autoridad sobre la producción del conocimiento. Las nuevas elites intelectuales ya habían sido cuestionadas a fines del siglo XIX por otras elites que veían con malos ojos el surgimiento de estos actores legitimados por las ciencias sociales, por entonces en pleno auge. Se acusaba a los poseedores de este nuevo saber académico de trastocar los fundamentos morales y espirituales del país; se les reprochaba su fría racionalidad y su razonamiento estadístico; no se comprendía su interés en promover la ciencia en las esferas políticas y burocráticas. Las ciencias sociales irritaban particularmente debido a su voluntad de poner al servicio del poder sus investigaciones en el campo de la sociología, la psicología o la economía. Este rechazo a una secularización y a una instrumentalización del pensamiento aún no ha desaparecido.
Si bien este conflicto en torno de la hegemonía cultural no se limita solo a los campus universitarios, apunta en primer lugar al trabajo de los académicos con una triple acusación recurrente: adoctrinamiento, fabulación, falta de sentido común. Esta denuncia del poder ideológico de las universidades no es nueva, como tampoco lo es la crítica al adoctrinamiento de las mentes jóvenes. Lo que distingue a Estados Unidos es un creciente alegato contra el carácter no estadounidense de los intelectuales. A fines del siglo XIX, los economistas ya eran acusados de importar de Europa ideas extrañas sobre la fijación de impuestos a los ingresos de las empresas y los particulares. El antiintelectualismo se basa hoy más que nunca en la certeza de un excepcionalismo estadounidense.
Desde la década de 1980, numerosas obras denuncian la presunta inepcia de los programas de educación superior que consagran una doxa multiculturalista y relegan al olvido la verdadera riqueza cultural estadounidense. Esta crítica al trabajo intelectual resulta tan significativa que se ha convertido incluso en un género editorial en sí mismo, que figura a menudo en la lista de los más vendidos de The New York Times.
Los conservadores en EEUU detestan a los defensores de las teorías críticas de la raza y el género. Según ellos, esta fabulación contribuye a una lectura fragmentada de las relaciones sociales y pone en peligro a la nación en su conjunto, llamando a una guerra entre comunidades. A partir de la década de 1980, esta fragmentación ha caracterizado los debates intelectuales, que se articulan principalmente alrededor de cuestiones identitarias y una lectura gramsciana de las relaciones de dominación. Para los conservadores, este enfoque doblemente fragmentado constituye una mera invención de intelectuales en busca de problemas sociales para mantener su dominación social y profesional. Para muchos, el wokismo constituye el último estadio del trabajo perverso de imaginación de la nueva clase y su voluntad de mantener su hegemonía a cualquier precio.
Desde hace años, los programas de inclusión agrupados bajo la sigla DEI (diversidad, equidad e inclusión) son señalados como los principales vectores de adoctrinamiento y como el resultado cuestionable de las nuevas teorías críticas sobre la sociedad. Estas condiciones dan lugar a una última crítica: la falta de sentido común de los intelectuales, acusados de vivir en una burbuja social y cultural, totalmente alejada de la realidad de millones de compatriotas. El empirismo popular sigue siendo la mejor de las brújulas para comprender el mundo.
Finalmente, las batallas culturales han dañado profundamente el estatus de los intelectuales.
En las escuelas públicas se censuran actualmente libros. El número de prohibiciones superó en 2025 las 10.000 en todo el territorio, con dos estados particularmente activos en la materia: Iowa y Florida.
Fuertemente atacados y limitados en su libertad de pensamiento, los académicos gozan sin embargo de la protección constitucional de la libertad de expresión, del hecho de que gran parte del sistema universitario sea privado les permite seguir trabajando en condiciones extremadamente privilegiadas. Sin embargo, estos conocimientos se han vuelto cada vez más invisibles y desacreditados en el espacio público. Las batallas culturales son menos responsables de ello que la transformación del espacio público, la revolución digital y la creciente competencia de otros productores de conocimiento. En esto reside la gran novedad del antiintelectualismo que socava las propias condiciones de producción del trabajo intelectual.
¿LA MODERNIDAD ES ANTIINTELECTUAL?
La inmediatez de las opiniones personales gobierna actualmente nuestras democracias, lo que ha conducido a un importante cambio en las prácticas de las profesiones intelectuales, entre ellas los periodistas y los académicos. El desarrollo de las herramientas informáticas, la llegada de internet y la importancia de las redes sociales son los principales responsables.
En los universos digitales, las personas poseen un estatus de autores y productores de conocimientos autónomos similar al de los académicos. Más allá de la fuerte mercantilización de sus opiniones, no existe un verdadero debate ni un proceso serio de deliberación. Los algoritmos favorecen el cierre de cualquier discusión colectiva y crean una burbuja informativa muy alejada del enfoque metodológico y racional de las ciencias sociales. Si bien se acusa a los intelectuales de vivir en una burbuja, esta parece mucho más permeable a las ideas externas que las de internet. El solipsismo caracteriza el espacio público actual. Semejante privatización desplaza a los poseedores de la autoridad científica hacia otras formas de autoridad cuya reputación se basa más en el número de seguidores, los clics y el poder de influencia sobre futuros consumidores que, en la reputación académica, la calidad de los descubrimientos científicos e incluso el factor de impacto. La jerarquía de los influencers científicos poco tiene que ver con la del universo académico y los procedimientos de validación del conocimiento. La preocupación por las noticias falsas o por la ignorancia de los jóvenes de hoy hace perder de vista la cuestión central: el profundo desplazamiento de los espacios de producción y difusión del conocimiento.
Una parte de la población se aleja cada vez más del conocimiento erudito y se acerca a los mitos populares. Este giro se completa con el surgimiento de autoridades sociales más legítimas que las universidades para jerarquizar y legitimar el conocimiento. El éxito del pensamiento creacionista demuestra el camino recorrido en la materia y el surgimiento de saberes diferentes de los enseñados en los campus universitarios.
Además, se han formado estructuras que apunta precisamente a cuestionar la autoridad de los académicos. Se diferencian además por una metodología menos anclada en el largo plazo y el trabajo de campo, tan apreciados por las ciencias sociales. Se privilegian las encuestas de opinión y los sondeos. Su expertise se ha vuelto en gran medida dominante en los medios de comunicación, ya que sus informes también han sido pensados y dirigidos al universo digital con breves y contundentes síntesis, lo que permite un desarrollo más eficaz para alcanzar la audiencia deseada que se aleja progresivamente del conocimiento clásico de los académicos, a menudo hiperespecializado, que requiere de un tiempo prolongado de lectura y comprensión poco adaptado a la revolución digital.
Incluso en las campañas políticas se demuestra la profunda transformación en marcha. Los grandes diarios tradicionales y los canales históricos de televisión se muestran en gran medida relegados e incapaces de participar en la actual deliberación democrática. La democracia deliberativa parece haber sido definitivamente desplazada en beneficio de la democracia digital.
El discurso antiintelectual dominante arremete principalmente contra el poder de los académicos y su producción de teorías críticas sobre las sociedades pasadas y presentes. La profunda transformación del espacio público, la revolución digital y la existencia de otras autoridades culturales debilitan desde afuera el conocimiento producido en masa por los intelectuales más allá del país o continente occidental que analicemos.

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