El 13 de noviembre de 1997, un nuevo casino abrió sus puertas en las Great Smoky Mountains de Carolina del Norte. A pesar del mal tiempo, se había formado una larga cola a la entrada y, como seguían llegando centenares de personas, el jefe del casino empezó a recomendar a la gente que se quedara en casa.
Aquel interés generalizado no sorprendió a nadie. El Harrah’s Cherokee era y sigue siendo un casino enorme y lujoso, propiedad de la Tribu Oriental de Indios Cheroquis, que también lo gestionan, y su apertura ponía fin a una batalla política que había durado diez años.
Poco después de la inauguración, quedó claro que la sala de juego de 3250 metros cuadrados, las tres torres del hotel con más de 1000 habitaciones y 100 suites, innumerables tiendas, restaurantes, piscina y centro de fitness no supondrían para la tribu su perdición sino su salvación. Tampoco se allanó el camino al crimen organizado.
Los beneficios de U$S 150 millones en 2004 crecieron hasta casi U$S 400 millones en 2010 permitiendo a la tribu construir una nueva escuela, un hospital y un parque de bomberos. Aun así, la mayor parte de los ingresos fue directamente a los bolsillos de los 8000 hombres, mujeres y niños de la Tribu Oriental de Indios Cheroquis.
De 500 dólares al año en el inicio, los ingresos procedentes del casino ascendieron rápidamente a 6000 dólares en 2001, lo que suponía entre una cuarta parte y un tercio del promedio de los ingresos familiares.
Jane Costello, profesora de la Universidad Duke, investigó la salud mental de los jóvenes en Great Smoky Mountains desde 1993. Cada año, los 1420 niños que participaban en su estudio se sometían a un test psiquiátrico. Los resultados acumulativos ya habían demostrado que los muchachos que crecen en la pobreza tienen más problemas de conducta que los otros. Eso no era ninguna novedad. La relación entre pobreza y enfermedad mental hacía ya tiempo que había sido analizada por otro estudioso, Edward Jarvis, en su famoso Informe sobre la demencia, publicado en 1855. Sin embargo, seguía vigente una pregunta: ¿cuál era la causa y cuál el efecto?
Cuando Costello llevó a cabo su investigación, estaba muy extendida la creencia de que los problemas mentales debían atribuirse a factores genéticos individuales. Si la naturaleza era la causa raíz, entregar cada año dinero significaba tratar los síntomas, pero ignorar la enfermedad. Si, por el contrario, los problemas psiquiátricos no eran la causa sino la consecuencia de la pobreza, esos 6000 dólares podrían obrar milagros.
Costello comprendió que la llegada del casino constituía una oportunidad única para arrojar nueva luz sobre esta cuestión, porque una cuarta parte de los niños de su estudio pertenecían a la tribu cheroqui, y más de la mitad de ellos vivían por debajo del umbral de la pobreza.
Poco después de que abriera el casino, Costello empezó a notar enormes mejoras en los sujetos de su estudio. Los problemas de conducta entre los muchachos que habían salido de la pobreza se redujeron un 40%, y estos se situaron en el mismo rango que los compañeros que nunca habían conocido privaciones. Las tasas de delincuencia juvenil entre los cheroquis también se redujeron, así como el consumo de drogas y alcohol, mientras que los resultados escolares mejoraron notablemente. En la escuela, los muchachos cheroquis se situaron al mismo nivel que el resto de los participantes en el estudio.
DIEZ AÑOS DESPUES
Diez años después de la apertura del casino, las conclusiones de Costello demostraron que cuanto antes escapaban los chicos de la pobreza, mejor era su salud mental en la adolescencia. En el grupo más joven, Costello advirtió una disminución drástica de las conductas delictivas. De hecho, los jóvenes cheroquis de su estudio se comportaban mejor que el grupo de control.
Al ver los datos, la primera reacción de Costello fue de incredulidad. Se supone que las intervenciones sociales tienen efectos relativamente pequeños, pero en este caso los efectos fueron enormes.
La profesora Costello calculó que el extra de 4000 dólares por año equivalía a un año adicional de formación a la edad de veintiún años y reducía las probabilidades de tener antecedentes penales a los dieciséis años en un 22%. Pero la mejora más significativa fue la manera en que el dinero ayudó a los padres a, sencillamente, ejercer de padres. Antes de que el casino abriera sus puertas, los padres trabajaban mucho en verano, pero en invierno solían quedarse sin trabajo y estaban tensos. La nueva fuente de ingresos permitió a las familias cheroquis ahorrar dinero y pagar facturas por adelantado. Los padres que habían salido de la pobreza afirmaban que disponían de más tiempo para dedicar a sus hijos.
Pero no trabajaban menos, descubrió Costello. Tanto las madres como los padres trabajaban las mismas horas que antes de la apertura del casino. Un miembro de la tribu dijo que el dinero ayudó a aliviar la presión sobre las familias, y la energía que gastaban en sus preocupaciones económicas la volcaron en sus hijos. Y eso ayudó a los padres a ser mejores padres.
Entonces, ¿cuál es la causa de los problemas de salud mental entre los pobres? ¿La naturaleza o la cultura? Ambas, concluyó Costello, porque el estrés que provoca la pobreza eleva el riesgo de que las personas genéticamente predispuestas desarrollen una enfermedad o trastorno. Pero de este estudio se desprende una conclusión aún más importante. Los genes no pueden cambiarse. La pobreza, sí.

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