Frente a los constantes comentarios, opiniones y declaraciones sobre los peligros económicos, sociales y financieros que se avecinan en torno a la tecnología de la IA y por muy prometedora que sea la misma, hay pocas probabilidades de que esté a la altura. Solo un pequeño porcentaje de todos los empleos (5%) sería asumido por la IA en la próxima década.
Si bien son buenas noticias para los trabajadores, son muy malas para las empresas que invierten miles de millones en esta tecnología esperando que impulse un aumento de la productividad.
Algunas voces del MIT advierten de que el frenesí de la IA ha ido demasiado lejos. Los optimistas argumentan que la IA permitirá a las empresas automatizar gran parte de las tareas laborales y desencadenará una nueva era de avances médicos y científicos a medida que la tecnología siga mejorando, lo que implicará que ciertas empresas deberán invertir en los próximos años hasta U$S 1.000 millones para actualizar los equipos de los centros de datos.
Los escépticos han comenzado a aumentar, en parte porque las inversiones en IA han hecho subir los costos mucho más rápido que los ingresos (por ejemplo: Microsoft y Amazon), pero la mayoría de los inversionistas siguen dispuestos a pagar elevadas sumas por estas acciones para subirse a la ola de la IA.
TRES ESCENARIOS
Los analistas afirman que es una combinación del segundo y tercer escenario es lo más probable. En las empresas hay demasiado miedo a quedarse fuera del boom de la IA como para prever que el frenesí pierda fuerza. El problema es que cuando el entusiasmo se intensifica, es poco probable que la caída sea suave.
Solo entre Microsoft, Alphabet, Amazon y Meta Platforms, invirtieron más de US$50.000 millones en gastos de capital de los cuales la gran parte se destinó a la IA.
CHATGPT DE OPENAI
¿Por qué ChatGPT y la OpenAI no pueden sustituir a los humanos, o al menos ayudarles mucho, en muchos trabajos? Básicamente por problemas de fiabilidad y la falta de sabiduría o juicio humanos, por lo que es poco probable que la gente subcontrate a corto plazo a la IA para muchos trabajos de oficina. La IA tampoco podrá automatizar trabajos físicos como la construcción o la limpieza.
IDEAS CONTRADICTORIAS
En 1936 el escritor Francis Scott Fitzgerald acuñó en un artículo en la revista Esquire una de las definiciones de la inteligencia más famosas de la historia: "La prueba de un intelecto de primer nivel es su capacidad de manejar dos ideas contrapuestas al mismo tiempo y aun así mantener la capacidad de funcionar". Esta frase refleja a la perfección la falsa dicotomía en la que está atrapado el debate sobre la tecnología. Unos sostienen que toda innovación es inherentemente buena porque ha sido la clave de la prosperidad del ser humano. Otros denuncian que toda innovación es inherentemente mala porque destruye empleos, invade nuestra privacidad y puede exterminar a nuestra especie de la faz de la Tierra.
Debemos ser capaces de manejar simultáneamente en nuestro cerebro dos ideas aparentemente contradictorias. Una, que tenemos mucha suerte de vivir en el siglo XXI, con todos sus avances en medicina, computación, biotecnología, inteligencia artificial. Y, a la vez, que toda transición tecnológica tiene el potencial de dañar económicamente a millones de personas si no somos muy cuidadosos.
¿A QUÉ NOS LLEVA ESO?
Una vez que eres capaz de manejar estas dos ideas a la vez, empiezas a hacerte las preguntas adecuadas. El verdadero debate no es si la tecnología es maligna o bondadosa, sino cómo conseguir que los avances beneficien a la mayoría de la sociedad, en vez de a una élite de ultramillonarios, y qué normas, instituciones y reformas necesitamos para alcanzar este objetivo.
Daron Acemoglu junto a Simon Johnson realizaron un minucioso análisis del impacto de la tecnología en la sociedad desde el Neolítico hasta nuestros días. Ellos apuntalan su idea-fuerza: que el progreso no es el resultado automático de la innovación, como sostiene el discurso tecnoutópico de Silicon Valley, sino que requiere que la sociedad se organice para que sus beneficios se filtren a la mayoría de la población.
El lanzamiento de Chat GPT hizo que se desatara la obsesión por la IA de políticos, periodistas e intelectuales. "Lanzar un programa así de potente sin previo aviso ha sido uno de los actos más irresponsables del primer cuarto del siglo XXI", dijo Acemoglu.
¿POR QUÉ?
Por ejemplo, al ámbito educativo, los profesores, los colegios y los alumnos no están preparados para la revolución que supone lanzar una herramienta de IA generativa tan poderosa. Y menos sin un debate previo.
¿QUÉ HAY QUE DEBATIR?
Tenemos que cambiar el marco actual en el que unos sostienen que la IA es el mayor avance desde que se inventó la rueda y otros replican que los robots asesinos nos van a esclavizar a todos. Así no hay quien se aclare. Debemos adoptar un enfoque 'pro-humano' de la inteligencia artificial: que la tecnología trabaje para nosotros, en vez de trabajar nosotros para ella.
Este enfoque pro-humano tiene dos patas. La primera, que la IA no sólo sirva para automatizar y destruir empleos, sino para ayudar a los trabajadores actuales a ser más productivos, aumentar el número de tareas que pueden ejecutar y, por tanto, estimular el crecimiento económico. Y, la segunda, que la IA no dispare todavía más el control de la información que hoy poseen los gigantes tecnológicos, sino que estimule la participación de los ciudadanos y repare la erosión democrática que ya han sufrido docenas de estados liberales.
Suena bien, claro, pero la IA es una tecnología tan disruptiva que como de costumbre ni los legisladores más avispados entienden muy bien cómo funciona. ¿Cómo podrían regularla sobre algo que no entienden de forma eficaz?
Según Acemoglu esa sensación de impotencia forma parte de la estrategia de la industria tecnológica. Quieren que creamos dos cosas. Primero, que todo avance tecnológico va a ser bueno para nosotros. Y, segundo, que nos guste o no se trata de algo inevitable, como un fenómeno meteorológico, así que debemos adaptarnos a ella sin condiciones, en vez de regularla. Y quienes no piensen así, afirman, son unos reaccionarios que pretenden frenar el desarrollo económico. El punto es si la regulación no frena el progreso.
Para Acemoglu, nunca en la historia se había producido una acumulación de poder tan monstruosa. Ni siquiera cuando mastodontes como Standard Oil o Carnegie Steel dominaban sus sectores, absorbían a sus competidores y acallaban a sus críticos con un fajo de dólares. Estas empresas eran muy poderosas, pero sólo dominaban un recurso físico. Ahora, las tecnológicas controlan la información, lo qué se sabe y lo qué se oculta, nuestros datos y nuestros movimientos.
¿ENTONCES?
Parar la tecnología es imposible. Es como tratar de frenar el curso de un río: aunque construyas una represa gigantesca, la acaba desbordando. Pero sí puedes administrar el flujo del agua para que beneficie a la sociedad en su conjunto.
La IA es una tecnología muy poderosa, que junta elementos disruptivos parecidos a la invención de la imprenta, la máquina de vapor y hasta la bomba atómica.
Se parece a la máquina de vapor porque tiene el potencial de destruir mucho empleo y, en aquel caso, tardamos más de 100 años en recuperar los trabajos que destruyó. También tiene similitudes con la imprenta porque está en juego quién controla la información, que es la herramienta más poderosa para moldear las narrativas y controlar el pensamiento de la población. Y, finalmente, me recuerda a la bomba atómica porque, aunque la energía nuclear sea un avance maravilloso, resulta tremendamente peligrosa si cae en las manos equivocadas.
Este discurso empieza a caer por una pendiente abstracta similar a los discursos de los políticos.
PROPUESTAS
Los cambios de legislación que propone Daron Acemoglu:
Eliminar las distorsiones de la legislación fiscal que empujan a las empresas a automatizar demasiados empleos: subir moderadamente los impuestos al capital y bajar drásticamente los impuestos al trabajo, hasta eliminarlos.
Crear un mercado de datos en el que cada ciudadano tenga acceso a la información que cada empresa dispone sobre él y reciba una parte de los ingresos que generan.
Fragmentar a las grandes empresas tecnológicas.

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