El imperio de los mediocres no es otra distopía más, sino de una hipótesis del canadiense Laurence J. Peter de la década del sesenta: "con el tiempo, todo puesto acaba siendo desempeñado por alguien incompetente para sus obligaciones". Esto se explica porque al ascender a un trabajador eficiente se le concede unos cometidos para los que no está preparado.
Luego otro canadiense, Alain Deneault, volvió a analizar el asunto en "Mediocracia" que se expandía sobre cuando los mediocres toman el poder. La conclusión era que, según el momento, cada cual acata las normas imperantes, sin cuestionarlas, con el único propósito de mantener su posición. Lejos de aquel camino del mérito y la sabiduría.
Para Deneault no hay ámbito libre de mediocridad: académico, político, jurídico, económico, mediático o cultural. Cualquiera de ellos tiene a un mediocre que conduce. Es igual a lo propuesto por Platón del gobierno de los mejores, la aristocracia, pero al revés. En lo público, como en lo privado, lo que procede y triunfa en estos tiempos son los argumentos que confirmen las teorías ya existentes, y evitar críticas o plantear soluciones arriesgadas, mucho menos originales. Ni siquiera lo cultural escapa de la epidemia mediocre.
Herbert Marcuse hablaba de la perversión de un sistema en el que patrón y obrero disfrutan con los mismos contenidos. Algo falla. No tanto que se diluyan o eliminen las clases sociales como que ambos legitiman los principios que sustentan el sistema. El escritor Somerset Maugham decía que "solo una persona mediocre está siempre en su mejor momento". No actúa y, por tanto, no se equivoca. No contradice y, por tanto, no se enfrenta a nada ni a nadie. No enjuicia y, por tanto, obedece.
En 1961, Kurt Vonnegut, autor norteamericano de ciencia ficción, firmó el relato Harrison Bergeron, un texto distópico y satírico que comienza diciendo: "En el año 2081, todos los hombres eran al fin iguales. No solo iguales ante Dios y ante la ley, sino iguales en todos los sentidos. Nadie era más listo que ningún otro; nadie era más hermoso que ningún otro; nadie era más fuerte o más rápido que ningún otro. Toda esta igualdad era debida a las enmiendas 211, 212 y 213 de la Constitución, y a la incesante vigilancia de los agentes de la Directora General de Impedidos de los Estados Unidos". Para evitar que ningún ciudadano destacase, las autoridades ejercían la violencia sobre ellos. "George, como su inteligencia estaba por encima de lo normal, llevaba en la oreja un pequeño impedimento mental radiotelefónico, y no podía sacárselo nunca, de acuerdo con la ley. El receptor sintonizaba la onda de un transmisor del gobierno que cada veinte segundos, aproximadamente, enviaba algún ruido agudo para que las gentes como George no aprovechasen injustamente su propia inteligencia a expensas de los otros".
Todo parece indicar que la próxima revolución podría declamar: "Mediocres del mundo, uníos".

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