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¿La polarización es el fin de las democracias?


La polarización es la clave a la que siempre se recurre tanto para explicar las grandes cuestiones del momento como para justificar esa atmósfera enrarecida, sin embargo, la realidad es más compleja.

Primer diagnóstico: en los últimos años ha aumentado el grado de polarización política en las democracias occidentales. 

Segundo diagnóstico: esta polarización es dañina para dichas democracias.

La polarización en su versión más básica, se trataría de una fuerte identificación partidista que conlleva un rechazo igualmente fuerte hacia quienes albergan convicciones distintas. Una actitud que, además, volvería más atractivos los planteamientos extremos cercanos que los planteamientos moderados del otro lado.

En el libro "El ocaso de la democracia", Anne Applebaum analiza que los movimientos políticos polarizadores del siglo XXI se producen en países con historias y culturas políticas tan distintas como Estados Unidos, Polonia, el Reino Unido y España. La polarización dejó de ser el punto de llegada de muchos análisis, y pasó a ser el punto de partida para explicar toda suerte de acontecimientos políticos: como por ejemplo, el Brexit.

Es cierto que el planteamiento fundamental de la "tesis de la polarización" es sólido. La llegada de las redes sociales ha facilitado la creación de cámaras de eco en las que los ciudadanos solo consumen información y opiniones que refuerzan sus creencias. 

Existen indicadores objetivos que dan fe de una clara polarización política en los últimos tiempos. Han disminuído los votantes "independientes" y han aumentado los que se definen por un partido político o una facción. 

También es sólida la explicación de porqué esto tendría un efecto negativo sobre las democracias. La democracia liberal no es un juego de suma cero, en el que si un bando está ganando los demás están automáticamente perdiendo. Hay toda una serie de límites y de reglas de juego cuya observancia beneficia a todos. La polarización, sin embargo, debilitaría esa fe en lo que los distintos grupos políticos comparten y facilitaría que líderes o movimientos decidieran saltarse las reglas compartidas: todo vale con tal de que ganen los míos. 

La principal amenaza para las democracias en el siglo XXI no son golpes de Estado, sino el vaciamiento de sus contenidos sustantivos. E incluso si esto consigue evitarse, el proceso de las guerras culturales erosiona de otras formas, ya que existen pocas dinámicas tan empobrecedoras como la perpetuación de un pensamiento anti.


¿Y ENTONCES?

¿Realmente estamos más polarizados hoy que en épocas anteriores? Los mecanismos psicológicos mediante los cuales las personas se unen a bandos políticos con los que comparten narrativas morales, y una vez que han aceptado una narrativa particular, se ciegan a otros mundos morales distintos, es una realidad; pero estos mecanismos existieron durante siglos de evolución. Entonces, ¿cuál es la novedad del tiempo actual?

Los mecanismos polarizadores que hoy en día emplean los estrategas políticos no supondrían una novedad sino, como mucho, una aceleración. Para ser virtuosa, la democracia liberal debe seguir funcionando como si la racionalidad política existiera, incluso si sospechamos que no lo hace, o que la polarización ha dado al traste con ella.

Estas miradas desde la psicología o la ciencia política se pueden complementar con vistazos al pasado. Y no es necesario remontarse ni a las guerras de religión ni a los extremismos del siglo XX. El peronismo reivindicado por un sector de la izquierda europea en los 2010, con su división retórica entre el pueblo y la élite, no es ni mucho menos un movimiento reciente. 

También hay que plantearse dónde termina el pluralismo y empieza la polarización. O, más bien, si este segundo término no se emplea en ocasiones para desactivar debates perfectamente legítimos. 

¿Y si, en una situación polarizada, uno de los bandos lleva la razón y el otro no? ¿Cómo lo podríamos saber si no entramos en el fondo del asunto, si no vamos más allá del "todo está muy polarizado"?

Cualquier lector de John Stuart Mill, debería sentirse incómodo ante esta manera de cerrar debates en falso. O, también, ante la forma en que a menudo se acusa al adversario de fomentar la polarización como manera de deslegitimar su postura: "Si todos pensarais como nosotros, no tendríamos este problema de polarización".

Luego está el asunto de adónde conducen las dinámicas polarizadoras. Porque no todos los repliegues autoritarios de las últimas décadas guardan relación con este fenómeno. Vladímir Putin, por ejemplo, no llegó al poder ni desmanteló los contrapesos de la frágil democracia post-soviética mediante la polarización. Su receta fue mucho más clásica: el autoritarismo se vuelve atractivo en un contexto de caos económico y social. Lo mismo ocurre con el rearme nacionalista –y expansionista– en culturas aquejadas de una gravísima nostalgia imperial. Añade a todo esto un uso del poder lo suficientemente brutal y ya tienes tu autocracia.

Entre el 43% y el 54% de los estadounidenses creen que es "probable" que haya una guerra civil en su país en los próximos diez años.

Si la polarización no es un ingrediente sine qua non para un repliegue autoritario, tampoco parece suficiente como para conducir a otro de los escenarios que han recibido atención en los últimos tiempos: el de la guerra civil. Esto es algo que se debate abiertamente.

Pero seamos serios. Para que estalle una guerra civil se necesita una quiebra infinitamente más grave que la que se vive actualmente en ciertos países. Un escenario verdaderamente guerracivilista requiere que la fractura social se reproduzca en el seno de las fuerzas armadas o las fuerzas del orden. Sin esto, el escenario más grave sería el de la creación de milicias; pero los Leviatanes modernos, con sus servicios de inteligencia y su avanzadísimo armamento, parecen especialmente bien preparados para desactivar con rapidez este tipo de amenaza.

En definitiva, una guerra civil no es una metáfora. Por esto, quizá la clave fundamental de nuestra época no sea la polarización, sino el profundo cambio que se ha producido en nuestra relación con la violencia. Incluso si estamos más polarizados que nunca, también somos mucho menos proclives a matar y morir por una causa que en el pasado. No es que esto deba tranquilizarnos; es que debería hacernos sentir afortunados.

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