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La actualidad es opinable porque todo es opinable


Como todo es opinable es indiferente si dicen la verdad o mienten. No hay distinción entre verdad y mentira. El resultado no es solo la banalización de la realidad sino el regreso de la propaganda frente a la información de los hechos.

Debemos a la televisión la emisión de los hechos en tiempo real, y a Internet y las redes sociales la máxima eficacia o la sobredimensión de esa difusión en directo. Esto acarrea un doble efecto social, por una parte, la mayor transparencia en detalles que antes permanecían opacos, como por ejemplo el video de la muerte por asfixia de un hombre negro por parte de un policía blanco en Estados Unidos, pero por otra la multiplicación de la propaganda y la intoxicación interesada de los hechos de la realidad, como por ejemplo la proliferación de la demagogia y el oportunismo político de líderes y formaciones populistas.

El viejo debate sobre la influencia de la televisión política en la opinión pública se ha reforzado con la multiplicación que ofrecen las redes sociales. La polémica hoy es confirmar si este nuevo sistema mediático, que permite un más fácil acceso a la realidad, también ha favorecido su mayor o mejor conocimiento. Sin embargo, parece que la extensión del rumor, el juicio de valor o las fake news stories ha sustituido hoy a la vieja hegemonía de los hechos factuales.

La pandemia Covid-19 propició la promoción de miles de alertas falsas y desinformaciones. En Inglaterra o los Países Bajos varias torres de telefonía resultaron quemadas por aquellos que dieron credibilidad a que el virus era un invento para confinarnos y poder controlarnos mejor a través de las redes 5G.

Los hechos, veraces o falsos, cuentan menos que la opinión. Todo resulta opinable por cualquiera. La actualidad ha dejado de ser un proceso informativo para ser un estado opinativo. Hoy la realidad se «conforma» a través de la opinión. Y el valor social de la televisión, medio preferido por más del 90 por ciento de los ciudadanos para informarse, sigue aumentando. En el aún gran medio de masas, el triunfo del nuevo talk show político ha desplazado la hegemonía del viejo Telediario.


LA TV EN EL SIGLO XXI

Las televisoras abiertas que a principios del siglo XXI habían consolidado el protagonismo y el liderazgo de los informativos en su programación, han tenido que hacer frente, en la segunda década, a un nuevo sistema mediático y a la fragmentación de su público. El crecimiento del consumo de la TV paga y el streaming ha provocado la pérdida progresiva de audiencia, y los efectos de las redes sociales han contribuido a consolidar la creencia de que todo es opinable.

Las cadenas televisivas tradicionales han aumentando la presencia de los programas emitidos en vivo y disminuyendo los contenidos enlatados o que pueden ser consumidos on demand, para poder afrontar el recorte de inversiones con el abaratamiento de costes y la búsqueda de una nueva rentabilidad. 

El viejo prime time ha saltado por los aires y ha irrumpido el Infoshow: contenidos baratos, realizados en pequeños platós y emitidos en directo. El modelo había sido profetizado por Guy Debord en la sociedad del espectáculo en los años 60, por Eco en los años 80 y por el teórico francés Pierre Bourdieu en los 90.

Esta deriva televisiva procede de uno de los peores lastres del periodismo tradicional: el periodismo de declaraciones que estaba basado en reproducir más o menos literalmente las declaraciones de figuras públicas o políticos de uno y otro signo, en un bucle de acción-reacción. 

Partidos políticos y medios, necesitados unos de los otros, se reparten por igual la responsabilidad de esta tendencia. Ahora, los efectos de las redes sociales han contribuido a consolidar la creencia de que todo es opinable y que todos pueden opinar.


LA ACTUALIDAD OPINABLE

Los contenidos políticos pueden ser sus programas más vistos y a la vez los más rentables. La crisis de modelo que vive la televisión ha propiciado esta expansión de los programas de la televisión en directo y el éxito del formato del talk show y especialmente del político. El auge de estos formatos acabó convirtiendo la actualidad política en algo menos objetivable y más opinable. Esta fórmula, el debate espectacular, la discusión entre unos personajes maniqueos, que se reparten los papeles, ha facilitado que la información se haya convertido en entretenimiento.

Mientras que los programas o formatos de infotainment no han dejado de aumentar en la última década, especialmente las de los talk shows políticos, las de informativos tradicionales han disminuido. 

Este fenómeno fue descubierto por las televisiones estadounidenses mainstream hace décadas, cuando empezaron a comprobar que los talk shows y late nights políticos y de actualidad obtenían excelentes resultados de audiencia en los horarios de máximo consumo. Concretamente fue un invento de la cadena ABC a finales de la década de los años 80 para competir desde sus escasos recursos económicos con los informativos de CBS y NBC a los que no podía alcanzar en sus despliegues. Y desde la televisión americana, el infotainment tuvo su desarrollo europeo especialmente atractivo a través de la televisión italiana, donde desde hace tiempo reina el talk show político no solo en las cadenas públicas sino en las privadas.

Hasta las cadenas de cable como HBO o Comedy Central incrementaron los contenidos políticos de producción propia con los noticieros satíricos y los programas de actualidad en clave de comedia que nacieron para cuestionar la autoridad de los informativos.

Jon Stewart, conductor del programa satírico The Daily Show, en Comedy Central, llegó a ser el presentador más prestigioso, por encima de los conductores de los informativos tradicionales. Estos contenidos, caracterizados como de sátira y show político, empezaron a tener más seguidores que los programas informativos tradicionales, se constituyeron en instrumento de primer orden en su sistema democrático, con gran influencia en su sistema electoral, y se acabaron convirtiendo en elemento protagonista de la cultura política americana.

Los noticiarios satíricos, con su intertextualidad crítica, nacieron para cuestionar la autoridad de los informativos, al parodiar y tratar sus noticias de un modo más crítico: "Ya conocen las noticias, ahora les contaremos la verdad". El modelo pone en cuestión no solo el discurso del poder sino la complicidad de los medios que difunden ese discurso, por lo que también fue contestado por el periodismo tradicional como promotor de un peligroso y desmovilizador cinismo político.

Sin embargo, los conductores de estos talk shows fueron siempre abanderados de la crítica abierta a la presidencia de Donald Trump y las políticas del partido republicano. Este éxito de audiencias de la televisión política en USA alcanza ahora la era de la posverdad estrenada por Donald Trump, que como presidente ha logrado transformar la Casa Blanca en una casa de Gran Hermano, gracias al nuevo populismo basado en la propaganda ideológica en las redes sociales, el antintelectualismo y la teatralización de la escena política.

El lema es "Hay muchas personas que no saben qué creer. Si les dices qué tienen que pensar las pierdes, pero si les dices lo que tienen que sentir son tuyas". y representa a la perfección la mutación en el antiguo paradigma televisivo entre información y entretenimiento. Se ha disuelto definitivamente los límites entre información y entretenimiento. 


POSTELEVISION

La postelevisión llevó a que usuarios consuman las noticias políticas convertidas en breves clips de vídeo frecuentemente descontextualizados e incorporados desde las propias redes sociales de Facebook o X. El infotainment mezcla en el mismo contenedor los bucles de imágenes, las conexiones en directo, los reportajes, las entrevistas y los debates. Aunque se pretenda ofrecer lo contrario, el directo no permite a los espectadores estar más cerca de los hechos, solo despierta expectativas y especula sobre lo sucedido.


TODO ES OPINABLE

Que ninguna noticia esté excluida de la disputa debilita la naturaleza originaria de la información como hecho veraz. Las noticias que se componen de sucesos y hechos objetivos e irrefutables se convierten en polémicos de entrada. Es el propio formato del programa de infopinión lo que convierte automáticamente los hechos noticiosos en matizables, interpretables, y finalmente en mensajes persuasivos. 

La realidad, saturada de opinión, es sometida al relativismo. El conductor del programa y el propio medio acaban participando de una visión subjetiva. Este opinionismo hace que la visión de un tertuliano en las antípodas ideológicas del otro tenga la misma validez cuando opinan de un mismo hecho objetivo. El conductor del programa y el propio medio acaban participando de una visión subjetiva

Todo es relativo. Una opinión legitima la contraria. Resulta indiferente si dicen la verdad o mienten. Ya no cabe la distinción entre verdad y mentira porque todo acaba siendo opinable. El resultado no es solo la banalización de la realidad sino el regreso de la propaganda frente a la información de los hechos. La intoxicación de la realidad como norma.

Hannah Arendt, ante otro de los peores momentos de la historia, ya advirtió que la libertad de opinión era una farsa si no se garantizaba previamente la información objetiva y no se aceptaban los hechos mismos, que solo estos hechos factuales nos permitían huir de las realidades paralelas, de la tentación de trasladar a lo público meras inquietudes privadas.

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